Las bacterias detectan su propia densidad mediante la percepción de quórum: cada célula secreta a velocidad constante una pequeña molécula señal, un autoinductor — lactonas de homoserina aciladas en las gramnegativas, péptidos cortos en las grampositivas —; la concentración en el medio sube con el número de células y, al cruzar un umbral, se une a un receptor que enciende un conjunto de genes, entre ellos la sintasa del propio autoinductor (de ahí el nombre). Los genes así controlados son los que solo compensan en compañía: la luz en Vibrio fischeri, los factores de virulencia en Staphylococcus aureus y en Pseudomonas aeruginosa, la matriz de las biopelículas, la competencia para captar ADN y la eliminación de las vecinas. Casi toda la detección bacteriana pasa por sistemas de dos componentes: una histidina-quinasa de membrana que detecta un estímulo y fosforila a un regulador de respuesta citoplasmático, que se une al ADN — una célula tiene docenas, para el fosfato, la osmolaridad, el oxígeno y los autoinductores de otras especies.