Las mitocondrias y los cloroplastos llevan sus propios genomas pequeños, en muchas copias por orgánulo y muchos orgánulos por célula, y proceden casi por completo del óvulo: el espermatozoide aporta un núcleo y poco más. Sus genes son, por tanto, de herencia materna, sin proporciones de segregación: una madre transmite el carácter a todos sus hijos; un padre, a ninguno. Las enfermedades mitocondriales humanas (defectos de la cadena respiratoria que afectan al músculo y al nervio) siguen este patrón, y también el variegado de algunas plantas, en las que una célula madre que contiene cloroplastos normales y mutantes los reparte al azar entre sus células hijas, lo que produce sectores verdes, blancos y mixtos. Como nunca recombinan, las secuencias mitocondriales permiten remontar los linajes maternos en el tiempo — la herramienta del Capítulo 24.
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