Los peces de agua dulce viven en un medio de una décima parte de la osmolaridad de su sangre: el agua entra a raudales por las branquias, la sal se escapa, y excretan una orina copiosa y diluida y captan sal activamente por las células de cloruro de las branquias, sin beber nunca. Los teleósteos marinos, cuya sangre es un tercio de la osmolaridad del mar, pierden agua por las branquias, beben agua de mar y expulsan la sal por esas mismas células de cloruro funcionando al revés, y mantienen escasa la orina; los tiburones, en cambio, mantienen su sangre isoosmótica con el mar reteniendo urea (y óxido de trimetilamina para estabilizar sus proteínas frente a ella), y excretan el exceso de sal por una glándula rectal. Las aves marinas y los reptiles marinos llevan glándulas de la sal sobre los ojos que segregan una salmuera dos veces más salada que el mar, lo que permite a un albatros beber del océano. Los insectos filtran por túbulos de Malpighi impulsados por la secreción activa de potasio y no por la presión sanguínea, y reabsorben agua en el recto de forma tan completa que los excrementos de un escarabajo del desierto son secos. Entre los mamíferos, la capacidad de concentración escala con la longitud de las asas en relación con el tamaño del riñón (el grosor medular relativo): un castor llega a ; un ser humano, a ; un camello, a ; la rata canguro, a —lo que le permite vivir del agua metabólica liberada cuando se oxida su alimento, unos de agua por gramo de almidón, con una nariz que recupera el agua de cada espiración por enfriamiento a contracorriente.