La plasticidad es máxima en ventanas del desarrollo. Hubel y Wiesel (en los años sesenta) taparon un ojo a un gatito durante unas semanas después del nacimiento: la corteza visual, gobernada normalmente por ambos ojos en columnas alternantes, pasó a estar gobernada casi por completo por el ojo abierto, y el ojo privado quedó funcionalmente ciego de por vida —mientras que la misma privación en un gato adulto no cambiaba nada. Esos períodos críticos, para la visión, para el lenguaje, para el canto de las aves, se cierran cuando maduran los circuitos inhibidores y la matriz extracelular se endurece, y pueden reabrirse un poco con fármacos y entrenamiento. Las patologías de la plasticidad lo son de dosis y de diana: la adicción es aprendizaje impulsado por un error de predicción falsificado, que construye hábitos que sobreviven al placer; el estrés postraumático es un recuerdo de miedo sobreconsolidado por las hormonas del estrés; y la enfermedad de Alzheimer empieza donde empieza la memoria declarativa, en la corteza entorrinal y el hipocampo, con la pérdida de sinapsis —que acompaña a la demencia mejor que cualquier recuento de placas— antes de la pérdida de neuronas.
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