Para dar metástasis, una célula de carcinoma ha de salir del epitelio — perder sus uniones celulares y su polaridad y adquirir motilidad, una transición epitelio–mesénquima impulsada por factores de transcripción que normalmente se usan en el desarrollo embrionario —, degradar la membrana basal y la matriz con proteasas secretadas, cruzar la pared de un vaso sanguíneo o linfático, sobrevivir en la circulación (lo logran menos de una de cada diez mil, matadas por la cizalla, por la falta de anclaje y por los linfocitos citolíticos naturales), alojarse en un lecho capilar de otro órgano, salir de él y crecer allí. Dónde crece no es aleatorio: el cáncer de mama va al hueso, al pulmón, al hígado y al cerebro; el de colon al hígado; el de próstata al hueso — la semilla y el suelo de Paget, de 1889, explicados en parte por el flujo sanguíneo y en parte por el encaje entre la célula y las señales del tejido. Una célula diseminada puede quedar latente durante años antes de crecer, que es por lo que los cánceres reaparecen una década después de una curación aparente. La metástasis causa nueve de cada diez muertes por tumores sólidos, y es el paso peor comprendido.
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