Una semilla viable que no germina en condiciones que permitirían el crecimiento está en latencia. La latencia la impone durante la maduración de la semilla el ácido abscísico (ABA), que también impulsa la acumulación de reservas y la desecación del embrión, y la mantienen la cubierta seminal (impermeable al agua o al oxígeno, o que restringe mecánicamente) o el propio estado del embrión. La rompen las señales que marcan el final de la estación desfavorable: semanas de frío y humedad (la estratificación, la vernalización de la semilla), la luz — en las semillas pequeñas que deben estar cerca de la superficie, percibida por el fitocromo — o la oscuridad, las temperaturas alternas, el lavado de inhibidores por la lluvia, la escarificación de la cubierta por el suelo o por un tubo digestivo, el humo y el calor tras un incendio. La decisión es un equilibrio entre el ABA y la giberelina: las señales que rompen la latencia reducen el ABA y elevan la giberelina, que moviliza las reservas (Capítulo 6) y permite crecer a la radícula. Una población de semillas no es uniforme: una fracción germina a la primera oportunidad y el resto espera un año o más, de modo que ninguna mala estación aislada acaba con toda la cohorte — el banco de semillas, una cobertura frente a un mundo impredecible.