La piel alberga varias clases de mecanorreceptor, cada una un axón que termina en su propia cápsula: las células de Merkel para la presión fina y la textura (de adaptación lenta, campos pequeños), los corpúsculos de Meissner para el tacto ligero y el deslizamiento (de adaptación rápida), los corpúsculos de Pacini, profundos en la piel, para la vibración (de adaptación muy rápida, campos enormes), y las terminaciones de Ruffini para el estiramiento. El transductor de casi todos ellos es Piezo2, un canal iónico gigante con una hélice de palas que se abre cuando la membrana se estira; sin él se pierden el tacto y el sentido de la posición del cuerpo, y el mismo canal, en los pulmones y en la vejiga, detecta su llenado. La temperatura la detectan canales de la familia TRP ajustados a distintos intervalos —TRPV1, que abren el calor por encima de y la capsaicina, y por eso el chile “pica”; TRPM8, que abren el frío y el mentol—, y el dolor, terminaciones nerviosas libres, los nociceptores, que responden al calor, la presión o los productos químicos lesivos (protones, ATP, bradicinina) y cuyos umbrales rebaja la inflamación (Capítulo 15). La propiocepción, el sentido de dónde están los miembros, procede de los husos musculares y los órganos tendinosos del Capítulo 17 y de Piezo2 en las cápsulas articulares. La densidad de receptores fija la agudeza: dos puntos separados se distinguen en la yema de un dedo; en la espalda hace falta que disten .
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