Casi toda célula lleva un reloj circadiano: un bucle de transcripción y traducción en el que las proteínas CLOCK y BMAL1 encienden los genes Per y Cry, cuyas proteínas se acumulan, entran en el núcleo tras un retraso de horas y reprimen su propia transcripción, y luego se degradan y levantan la represión —un ciclo en unas veinticuatro horas, fijado por las velocidades del retraso y de la degradación. Los relojes del cuerpo los sincroniza un reloj maestro de veinte mil neuronas del núcleo supraquiasmático del hipotálamo, que la luz pone en hora a través de una clase específica de células ganglionares de la retina (que contienen melanopsina y no los pigmentos de los bastones ni de los conos), y que anuncia la noche al cuerpo mediante la melatonina de la pineal, segregada solo en la oscuridad. El reloj programa el cortisol antes de despertar, la temperatura corporal más baja a las cuatro de la madrugada, la hormona del crecimiento en el primer sueño, la sensibilidad a la insulina más alta por la mañana; la comida, el ejercicio y la temperatura son zeitgebers secundarios que pueden apartar los relojes periféricos del central, que es el malestar del trabajador por turnos y del desfase horario —un reloj hepático en una hora y un encéfalo en otra.
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